Obra de Teatro

 

 

 

DE MÍ, CUANDO YO MUERA

 

 


 

 


 


 

Personajes:

Juan

La Mente

La Conciencia


 

Este trabajo pretende ser una obra de teatro en la que el actor principal (Juan) se enfrenta a sus miedos: “La mente y la conciencia” personificados éstos en escena por actores con máscara.

Así pues, Juan, está realmente preocupado por dejar testimonio de su obra poética y con ella lograrse un nombre en el mundo literario; pretende ser recordado, al menos, como sus poetas preferidos - maestros de indudable valía – Bécquer, Rosalía, Juan Ramón etc…

Para conseguirlo, nuestro poeta, no duda –a pesar de su avanzada edad (82 años) – intentar construir un “último poema” con el que realizar su último viaje al universal terreno de las ilustres mentes literarias.

En el poema trataría de explicar su propia vida y la del ser humano basado en su propia experiencia y esta totalmente convencido de lograrlo, sería la culminación de su vida y obra pero, en el camino, se encontrará con los otros protagonistas de la obra que tratarán de reconducirlo a la realidad de su día a día.


 



BIOGRAFÍA DE JUAN

 

Juan nace en los albores de la guerra civil española en 1936 en Fontibre una localidad del municipio de Hermandad de Campoo de Suso, a algo más de tres kilómetros de la capital municipal, Espinilla, en Cantabria. De familia humilde Juan no tarda muchos años en darse cuenta de su verdadera vocación y como ya presagiaran sus profesores editó tempranamente su primer libro de poemas al que dio el título de “Laberintos”.

La mayor parte de su vida la dedicó a la enseñanza. Muy querido en su pueblo natal y fumador empedernido enfermó tempranamente y sostuvo una lucha titánica con el cáncer que le produjo el tabaquismo, pero se reconcilió con la vida y se prometió más a ella que al paquetito de tabaco. Juan gusta de entremezclarse con el público en sus innumerables recitales pero últimamente su perpetua tos no le deja recitar y le fatiga muchísimo.

Así pues, nos encontramos con un hombre erguido, serio, amante de la literatura, débil y fatigado que decide probar fortuna y dar a conocer su prolífica obra. En honor a la verdad hay que decir que Juan ha sufrido, y no en pocas ocasiones, múltiples decaimientos de moral sin duda por la depresión que adquirió al ser testigo directo de tanta sangre derramada en la guerra civil española.


 


 


 

 

PRIMERA  ESCENA


 


 

(Se abre el telón y en el escenario se ve una cama a medio hacer, un espejo grande y una mesa con tres sillas. Sobre la mesa una jarra de cristal con agua, un vaso, y una vieja estantería repleta de libros conforman su humilde decorado.

Entra Juan buscando unos folios en la estantería y después de cogerlos se sienta en una de las sillas, se sirve un vaso de agua y se pone a escribir sobre la mesa, pasan 20 segundos y poniéndose en pie, da unos pasos y comienza a recitar)


 


                                                                                         De mí, cuando yo muera,

                                                                                         no digáis mentiras.

                                                                                         No. No las digáis.

  Decid que fui solo vida

  Esencia no perfumada

   perenne gota lejana     

               de la fina lluvia caída               

        al son de la madrugada….


 


 

(Termina de recitar, recorre lentamente el escenario y llevándose los dedos índice y corazón de su mano derecha sobre la sien la presiona durante unos segundos. Cerrando la mano, la baja enérgicamente)


 

Juan - He de conseguir silenciar mi lamento de una vez por todas y mostrar al mundo el universal significado de mi obra condensada en un solo poema.

Yo, que supuestamente soy un mago de las palabras, un engendrador de versos, un hombre, a fin de cuentas, venido a menos por el paso de los años.

Un poeta incapaz de legar al universo humano una simple estrofa, un cuarteto, un poema o un elaborado soneto con el que perpetuar eternamente mi nombre…como así lo hicieran Bécquer, Rosalía, JuanRamón…


 

(Sentándose de nuevo a la mesa y hojeando unos folios, con semblante serio, ofuscado y exhalando un suspiro de cansancio)

 

 

¡Ay!, pero no. A mí no se me puede ofrecer esa oportunidad porque mi raciocinio raya la locura.

¿Quién iba a detenerse ante un poema cuyo título fuera: “De mí, cuando yo muera”? ¿Qué contaría en él?


 

(Levantándose de nuevo y tirando a la papelera dos o tres folios y llevándose las manos a la cabeza pero en ademán de peinarse con las dos manos)


 

Morir es estar viviendo en esta celda que es mi pensamiento y al que tanto aborrezco cuando me enfrento a sus miedos.

Miedos que parten de una mentalidad diabólicamente enfermiza y que solo pretende arrasar mi existencia; y miedo a seguir mirándome a diario en ese espejo donde nos asomamos como una sola persona que somos.

Es entonces, cuando mi desasosiego hace que enmudezca preso del pánico que me produce tanta soledad. Tengo miedo a que sea mi refugio final, construido gracias al auxilio de los demás, pues no he sido capaz en estos años ni de empatizar siquiera con una mujer a la que dedicar el fruto de mi poética…

Recuerdo cuando era un apuesto joven de letras y participaba junto a otros compañeros en la siempre difícil tarea de hacer un poema al amor. Nos exponíamos, claro está, pero nos encantaba lidiar con ese toro.

 

(Riéndose)

 

En aquél recital conocí a Teresa. Le gustó mucho el poema que recité. Me preguntó si se lo podría dedicar y le contesté que no sabría hacerlo. No quería compromisos y opté por el camino más corto. Sin embargo quedamos para dar un paseo después del recital y dada su insistencia se lo tuve que recitar a solas. Sin dedicación escrita pero sí sonora (Sonriéndose)

No era un buen poema. Estaba escrito para la ocasión. Pero si no me dio el fruto deseado en el certamen poético, sí que me proporcionó cierta rentabilidad. Digamos que fue el beso más apasionado que recibieron mis labios de mujer alguna.

Así decía aquél poema:


 


 

CREANDO VIDA


 

Como el haz luminoso del astro errante

Ilumina cada noche el rayo de la vida…

Así la tierra, en su vientre, acoge la semilla

Y donde el tallo de su flor, se originará vida.


 

Como la espuma, irisada y blanca,

en el arroyo se estremece creando a su albedrío

serpentinas orlas y dando cobijo –formando rio-

a infinidad de peces…

allí, donde sus cristalinas aguas perezcan

se originará vida.


 

Cuando, creando vida, sientas la tenue mirada

de momento y a escondidas

y en tu corazón brote la semilla

de unas complejas palabras-errantes ya de por vida…

¿Seguirá su curso el arroyo?

¿Germinará si no la semilla?

¿O vivirá en ti mi recuerdo, originando vida?


 


 

No volví a saber nada de ella.

Sí. He sido un huraño, lo reconozco, arisco e intratable en la cercanía con mis semejantes. A esos a los que ahora mendigo, ¡Qué ironía!, su máxima atención, siquiera a un cuarteto mío…

Pero… ¿Cómo dejarse querer a esta edad?, ¿Qué puedo ofrecer ahora que ya nada me queda? Ahora que, bien pensado, podría compartir con el pueblo mi egoísmo.

El egoísmo que tuve a la hora de decidir si me quedaba o no con la persona que participaba de mis sueños, o sólo con mis sueños.

Puedo presentarme como víctima ante él, de mi tiempo perdido e irrecuperable, mostrándoles las cicatrices que erosionan mi piel envejecida…

Les podría hablar de la riqueza de ser pobre y sus ventajas, de lo que se siente al estar tan próximo al laberinto de mármol blanco donde todos moraremos eternamente en busca del milagro que codiciamos para este orbe terrenal y que no conseguimos.

Pero me puede el miedo, me vence la avaricia por pretender ser algo que jamás he podido ser. No tengo agallas de enfrentarme al destino.

Me tildarán de payaso, engreído, lunático y hasta, ¡quizá!, trasnochado.

 

Les podría hablar también del amor. De eso sí que me gustaría hablarles, del amor a las palabras, de cómo cada una se nos presenta con su nombre. Eso era y es, para mí, más que amor. Es entrega, magia, deber y pasión.

Entonces era joven y nada pretendía. Solo pasar una noche con ellas, con las palabras, hasta bien entrada la

madrugada.

Había veces en las que me quedaba dormido sobre la mesa y otras noches eran ellas las que adormecían.

Recuerdo una noche muy oscura, tanto, como la esperanza que de vivir tenía, me empeñe en terminar un poema y observé con mis propios ojos que las palabras cobraban vida.

Un inusitado y largo escalofrío recorrió mi diestra al punto de hacer caer mi pluma al suelo, cuando la recogí, de vuelta a la mesa, sobre el folio formaban portando una pancarta tantas vocales como consonantes.

Deduje que mi estado febril me había jugado una mala pasada.

A raíz de aquél evento supe ligeramente deformada mi relación con ellas, siento como si algo dentro de mí pudiera excluirme de entender su natural significado cuando ya están creadas.

¡Espero no volverme loco!, pues temo que mi integridad se vea afectada por más de una incongruencia a la hora de la creación literaria.


 


 

(Los focos dejan de iluminar a Juan para dirigir su haz blanquecino al actor que personifica tras su máscara a la mente. Su voz es suntuosa, grave y seca)


 


 

             Mente -   ¿Por qué te cuesta tanto vivir, saber que te estas muriendo?

                              ¿Acaso escribiendo lograrás la inmortalidad?

                              Te empeñas en dividirnos.

                              Te obsesionas y te lastimas a ti mismo.

                              Cometes un error Juan. No puedes, ni intentar, separarnos. Dios nos unió con un fin determinado.

                              ¡Nuestro cuerpo es indivisible en todos los aspectos!


 

               Juan -    No trates de esquivar -poniendo a Dios por medio- nuestro asunto. ! Déjate de cuentos y moralidades!

            Mente -    No son moralidades. Sé realista. ¿Qué pretendes?, ¿ser el protagonista de tu obra y representar en ella

                              el medio?

               Juan -    Sabes bien que no.

            Mente -    Estás perdiendo el tiempo; reconoce tu incapacidad. Sin mí… dime, ¿Qué es tu cuerpo? Yo te lo diré,                                       insensato.

                              ¡Es el vehículo que a capricho dirijo desde mi aposento!

               Juan -    ¿Y qué me dices de mi originalidad, de esta u otra reflexión de este hacerte cada día devenir… de

                              mi diestra?

                              Ahí has de reconocer tu ineficaz participación. ¡Arrastra tu orgullo entre mis dedos! Asimila tu vanidad.

 

                  (Riéndo)

 

                                    ¡Oh! Sapientísima mente.

                              ¿No contestas?. 

                              Dime, ¿Dónde estás?

            Mente -    No seas idiota, querido juan.

               Juan -    ¡No me llames querido!

            Mente -    ¿Te molesta?

               Juan -    No. ¡Qué va!, algún día te daré el premio a tu conducta

            Mente -    ¿Sí?, ¿qué premio?

               Juan -    Tu coeficiente intelectual

            Mente -    A tanto, no creo que seas capaz


 

 

(Reflexionando, sentado Juan en el suelo y rodeado de folios)

 

 

He tratado, honradamente, de organizarme y con suma delicadeza afrontar la meta para la que he sido concebido.

Tú, mejor que nadie, sabes el tormento que me das y también de mi riqueza…


 

(Poniéndose en pie. juan lanza los poemas al aire)

 

 

¡Un montón de estrellas intentando formar por si solas el cosmos!

               Juan -    … y ahora, que está rozando la obra su final pretendes hacerme creer que desfallezco, que forman

                              remolinos en mi río la cordura, ¡Y, que voy a reventar!, ¡Oh infeliz!. Necesitada de las manos de

                              otros seres te verás.

 

            Mente -    ¿Poetas, tal vez?

               Juan -    ¿Sabes?, tienes una virtud.

            Mente -    ¿Sí?, ¿cuál?

               Juan -    La crueldad.

            Mente -    Pero… juan…

               Juan -    ¡Déjame!, ya hablaremos mañana ahora quiero alejarme de ti para poder escribir.


 

(reflexionando juan)

 

 

Cada día que pasa es más estúpida, ¡no la aguanto más!, ¿Quién se creerá que es?. 

Si pudiera demostrar que ejecuta mis órdenes a rajatabla, que analiza todo cuanto me apetece y luego, a mi albedrio, canaliza mis versos tal y como siempre he querido; ofreciéndole trabajo a mi diestra que, pluma en ristre, hace de puente salvando así su río.

Pero, voy a serenarme y a recapacitar sobre el valor de cada palabra que ha de llevar a cuestas mi poema inmortal.

¿Cómo podría seguir?

Quizá:


 

Decid que fui lo que pude

¡Nunca lo que quise ser!

Y aunque mi lucha mantuve

decid que no lo logre...


 

            Juan -   No está mal. Me gusta. Estoy cansado. Necesito dormir. Descansar...


 

(Mente- reflexionando)

 

 

¿Será anormal?

No reconoce siquiera, que al escribir, tiene forzosamente que volver a mí. Me tiene preocupada pero… ¿logrará hacerme estallar?

¡Esto es una pesadilla!

¡Una locura!

Noto su pulso acelerado su ofuscación y… su todo… porque soy capaz de sentirlo.

En mí deposita ideas relacionadas con el más allá pretensiones poéticas, políticas, laborales, raciocinios pintorescos, divagaciones sobre el bien y el mal, angustias y yo que sé cuántos sedimentos más. Sin embargo entre tanta oscuridad intuyo que hay algo más…


 

(Los focos dejan de iluminar a la Mente para dirigir su haz blanquecino a la actriz que personifica tras su máscara a la conciencia. Su voz es armoniosa, suave nítida y clara)


 

  Conciencia - ¡Obviamente!


 

          Mente -  ¿Cómo?, ¿de dónde el estampido sonoro?, ¡La voz que me advierte!

 

(De fondo una acumulación de voces)

 

                         ¿Y este alud de críticas esparcidas por toda mi contienda?

                         ¿Quién eres?

                         ¿Por qué me llegas?

                         ¡Responde!,

                         No quiero pensarte, ¡oh, tumor!, como venganza, ni que me robe el cuerpo, aún el alma…


 

  Conciencia-  No has de preocuparte, he venido a ofrecerte mi voz.

                         Y no solo a ti, sino a los dos.

                         Así pues, soy, la conciencia.

         Mente -  ¿La conciencia? Está bien. Digamos que existes.

 Conciencia -  ¿Lo pones en duda?

         Mente -  No. No lo pongo en duda. Es más. Creo que alguien al que tú conoces muy bien duda hasta de nosotros dos.

 Conciencia -  humm, bonito nombre. Me encanta el timbre de tu voz; he de darte la bienvenida a esta dramática y                                      desastrosa situación donde juan, ya veras, (la Mente se carcajea) se autoproclama titular no se bien de qué                                  obra y, por lo tanto, su único autor.

 Conciencia -  Ya veremos, ¡quizá!, cuatro y cuatro no sean ocho, sino dos.

 (Suenan unas carcajadas a dúo de la Mente y de La Conciencia)


 

(Juan levantándose de la cama y dirigiéndose a la mesa escritorio)

 

 

           Juan  -   ¡Maldición! La una menos veinte.

                         Siempre que miro el reloj me da la misma hora. Siempre el mismo presagio. Distinto sueño pero… idéntica                           muerte.

                          He de hablar con voz alta. No quiero sentirme influenciado por el incesante e ineficaz murmullo de la

                          Mente.

                          No se da cuenta de mi poder de convocatoria para la creación, le dedicaré este poema:

 


                         ¿Estás de mi fruto apercibida?

                         A esta hora pongo mis sentidos de viaje.

                         No hay demora.

                         Anuncio la salida.

                         No le prestes atención a mi equipaje.

                         La barrera infranqueable llegará a mis pupilas

                         a igual velocidad que hacia ella me dirijo,

                         metro a metro, hacia la meta,

                         peldaño a peldaño, hacia el piso.

                         Palabra a palabra, hacia el verso,

                         verso a verso al poema,

                         y del poema al libro.
              

(Levantándose juan de la mesa con las cuartillas del poema en la mano y elevando la mirada al techo)


 

             Juan - (Gritando) Y ahora, indaga tú el argumento

                         ¡Busca en él lo incoherente!

                         ¡Pon la coma donde creas que deliro!

                         ¡Oh sapientísima mente!

                         ¡Diccionario enciclopédico!


 

(Asiste la conciencia al escenario alarmada por las voces)


 

 Conciencia -  ¿Quién te tienta?

                         ¿Es la muerte?

            Juan -  ¡Eh!, ¿Quién me habla de ese modo?

                         ¿Qué me advierte?

                         ¿Quién se está interfiriendo entre nosotros?

                         ¡Ah, comprendo!...


 

 Conciencia -  No. No comprendes nada.

                         Yo soy la voz.

            Juan -  ¿La voz?... La voz, ¿de quién?

 Conciencia -  La voz de la experiencia calculada. La que raciona a los dioses sus caprichos. La que fue depositada en cada                          hombre. La voz de la conciencia de tus hechos, dichos y también la de todos tus escritos.


 

(Juan riéndose a carcajadas y tirando los folios al suelo)


 

            Juan -  ¡No me hagas reír!, ¿Acaso eres dios?

 Conciencia -  ¿Qué es dios?

            Juan -  El porvenir. Pero… tu…

                        Tú eres la mente disfrazada, solo que, con voz afeminada, pretendes engañarme, seduciendo mi fiel instinto                          y…


 

(Emite la conciencia unas sonoras carcajadas)


 

 Conciencia  -  Aún sabiéndolo todo sobre ingenuidad he de decirte, querido juan, que me sorprendes…

            Juan  -  ¿Qué quieres decir?

 Conciencia  -  No te digo. Te advierto que obras mal. Escúchame Juan. Eres un anciano inteligente y buena persona, has

                          trabajado toda tu vida para labrarte un respeto que actualmente disfrutas y no puedes ni debes ir

                          deambulando por la vida como si fueras un niño al que se le antoja un capricho.

                          En tu caso, ser reconocido, o no, como gran escritor, que lo eres, no ha de preocuparte en exceso

                          pues si tu obra mereciera la pena sería valorada en su justa medida.

                         No creas que, porque le pongas ganas, el último tiempo de tu vida vas a conseguir lo que no has conseguido                           durante las demás etapas de tu existencia.

            Juan -   ¿Y qué demonios sabes tú de mí?, ¿a cuento de qué me vienes con clases de autoestima?

 Conciencia -   (Visiblemente enojada) ¿Quieres que te diga lo que sé yo de ti?

                          ¿Quieres que te enumere las veces, que durante ochenta y dos años, te he mostrado el camino que debías

                          seguir y, que por cierto, seguías?

                          Entonces, no me preguntabas quién demonios era; tú simplemente te dedicabas a hacer y hacer en tanto

                          yo, pendiente de ti, me preocupaba y deshacía… y qué bien te iba ¿No?

                          Soy tu conciencia Juan. (Gritando) ¡Tu conciencia!, ¡a ver si te enteras! Tu propia conciencia. Sí, Juan, la

                          misma que te reprocha tu comportamiento con la Mente, otra aliada tuya, a la que ninguneas a tu modo

                          y a la que no haces ni puñetero caso, como a mí.

            Juan -   ¿Estás insinuándome que los tres somos una sola persona?

                          !Ni que fuéramos la Santísima Trinidad! ¡Vamos hombre!

 Conciencia -   No te lo estoy insinuando, te lo estoy afirmando rotundamente.

            Juan -   Entonces… si somos los tres una sola persona, ¿quieres explicarme por qué tienes tú voz de mujer y yo de                             hombre?

 Conciencia -   Porque esto, querido, es una representación teatral.

            Juan –   Para teatro el que tú y tu amiga, la Mente, estáis haciendo tratándome de engañar.

 

                               (Carcajadas de la conciencia, si se puede con eco, y desaparece)

 

                          pero… ¡Espera!, ¡espera!, ¿a dónde vas?

                          Es inútil seguir discutiendo, cuanto más razono más se distorsiona la realidad.


 

(Reflexionado juan)

 

 

             Juan -  ¡Lo que me faltaba!, ¿Qué habrá querido decir con lo de la representación teatral?

                          En el baremo del bien y del mal, ¿Dónde estará situada la conciencia?

                          La mente, la conciencia, la voz y un montón de ideas que explorar.

                          ¡Ay de mí, Dios mío!, ¿cuándo encontraré la paz?

                          ¿Tendrá cuerpo?-me pregunto- el espíritu que dota de voz a la conciencia?

                          ¿Estaré viviendo una ficción o una realidad?

                          Mente hay, por lo que piensa, pero solo el pensamiento junto al cuerpo es quien decide.

                          Así pues, en este duelo…¿Quién es el que arbitra?. No lo sé.

                          Me estoy volviendo lelo… mejor será que acuda a la cita que con mi obra tengo.


 

(Recogiendo los folios del suelo y poniendo orden en la mesa comienza a escribir)


 

Cubrid con solo un cuarteto

La losa que ha de taparme.

No quisiera descuidarme

sin tan solemne respeto…

Ni pensar que, después de muerto,

deba al menos levantarme

para de nuevo acostarme

después de escribir un soneto.


 

(Se levanta Juan de la silla lentamente hojeando las cuartillas y recita en voz alta las estrofas 1, 2 y 3 del poema)


 

            Juan  - (Reflexionando) ¡Oh, Dios mío!, mucho me temo que voy por el buen camino, pero hay algo que  me incomoda.                          Sé lo difícil que va a ser conseguir que el final de este poema relate las experiencias de toda una vida, y a                                la vez, ofrezca al lector un balance objetivo de lo que ha sido mi obra: pero, si lo consiguiera, cómo me

                         gustaría firmarlo estando  en plena posesión de mis facultades psíquicas y no naufragando en esta

                         situación, que se  antoja, cuanto menos, perpleja.


 

          Mente -  ¿Qué es lo que te pasa, Juan?

             Juan -  Que qué me pasa, pues me pasa que sólo cuando hablo con vosotros parece que estoy delirando.

          Mente -  Delirio dices, Juan, y no es delirio.

                          Es torpeza lo que demuestras. Una torpeza alimentada por una gran dosis de soberbia que te lleva a ser

                          visceral con nosotros, tus aliados, y a tomarnos como enemigos.

                          Recapacita, Juan.

            Juan -   No. ¡Déjame!, por favor, déjame en paz. No empecemos otra vez.

         Mente -   Tienes que sobreponerte a tu propio estado. Mírate en ese espejo y descubrirás en qué te has convertido,

                          Juan. No queda siquiera un pequeño rastro del hombre que eras. Del poeta que siempre has querido ser. 

                          Hazme caso. Cierra los ojos e intenta llamar a tu conciencia…

            Juan -   ¡Lo que me faltaba!, ¡Llamar a mi conciencia!,! Como si ella sola no apareciera cuando quiere!

                          A ti no te llamo tampoco y apareces cuando te da la gana.

                          No. No pienso llamar a nadie, porque nadie hay en esta habitación.

         Mente -   Inténtalo. Hazme caso. Cierra los ojos e inténtalo.

            Juan -   Está bien, está bien. Me parece ridículo pero lo hare. (Refunfuñando) ¡Maldita sea!


 

(Aparece la conciencia; y ambos la Conciencia y la Mente se sitúan uno a cada lado de Juan)


 

(Mente y Conciencia a dúo)

                          Abre los ojos, Juan.

                          Mírate al espejo.

 

             Juan -  (Malhumorado) Ya me estoy mirando.

      M y Con  -  Otra vez.

                          ¿A quién más ves?, Juan ¿Hay alguien más contigo?

            Juan  -  No. No hay nadie. Estoy yo solo.

          Mente -  No Juan, no estás solo. Yo soy tu mente y estoy también dentro de ti y en ese espejo.

 Conciencia -   Y yo también formo parte de ti, Juan, y me estoy observando en el espejo que tú te miras.

      M y Con -   Acéptanos por lo que somos porque si nos quieres tener, has de cerrar los ojos y desearlo una vez.

            Juan -   Estoy cansado… muy cansado, pero antes de ir a la cama quiero escribir unas notas…

     M y Con -    Iremos a escribir juntos los tres.


 


 

(Juan se acerca a la mesa, coge la silla arrastrándola y se sienta en ella. Sobre la mesa extiende su mano izquierda y con la derecha se dispone a escribir mientras la conciencia y la Mente le observan sentadas junto a él)


 


 


 

            Juan -   (Asombrado se incorpora mirando fijamente el folio. La Mente y la Conciencia se ponen de pie) ¡Lo he terminado!,

                         ¡Lo he terminado! Pero… No puede ser… No puede ser…

                         ¿Cómo lo he podido terminar si tan siquiera me he puesto a escribir?

 

                              (Dirigiéndose hacia el espejo y preguntándole al tiempo que le muestra el folio)

 

                         ¿Cómo ha llegado esta estrofa hasta aquí?, ¿Cómo lo he logrado?


 

 Conciencia -  (Acercándose la Conciencia) Cálmate, Juan. Cálmate.


 

(La Conciencia y la Mente se quedan rezagadas en una esquina del escenario)


 

            Juan  -  ¿Cómo pretendes que me calme? Esto es inaudito. Yo no he escrito el final de este poema.

Conciencia  -    Lo sé. Juan. Lo sé.

            Juan -    ¿Cómo que lo sabes? ¿Quién? ¿Quién lo ha escrito?

Conciencia  -    Mírate Juan. Mírate al espejo.


 

(Juan se dirige nuevamente ante el espejo y ve –desencajado- su rostro y detrás de él dos máscaras. Lentamente se gira 180º y las máscaras han desaparecido. Se vuelve hacia el espejo y allí siguen)


 


 

(Juan, desalentado, se dirige hacia la cama, se sienta en ella y con un hilo de voz recita el poema entero al tiempo que le acompañan las voces de la Mente y la Conciencia, mientras sujeta el folio con sus manos temblorosas. Cuando terminan de leerlo cae lateralmente sobre la almohada al mismo tiempo que la Mente y La Conciencia se desvanecen)

 

 

De mí, cuando yo muera,

no digáis mentiras.

No. No las digáis.

Decid que fui solo vida

Esencia no perfumada

perenne gota lejana

de la fina lluvia caída

al son de la madrugada….


 

Decid que fui lo que pude

¡Nunca lo que quise ser!

Y aunque mi lucha mantuve

decid que no lo logre


 

Cubrid con solo un cuarteto

La losa que ha de taparme.

No quisiera descuidarme

sin tan solemne respeto…

Ni pensar que, después de muerto,

deba al menos levantarme

para de nuevo acostarme

después de escribir un soneto.


 

De mí, cuando yo muera.


 

Cuando pregunten que a dónde he ido

¡Dejad que indaguen el sueño!,

¡Que penetren la etérea sala

Donde habita el desconsuelo!


 

Hallarán la mente vacía

Esclava del sentimiento

de un ser que por ser obtuvo

Tan solo…

Su nacimiento.

 

 

 

(Se baja el telón)

 


 


 

 

Autor: Juan Camacho

© Juan Camacho Quintana, Bilbao, 2016