QUERIDA AMIGA

Querida amiga:

 

Soy la persona que hizo de cuna.

¿Te acuerdas de mí?

 

Cuando tú querías 

balanceaba a capricho tu adolescencia.

Jugábamos a dioses 

en un país que no era el nuestro;

tu disfraz de Virgen María

fundía en mi sonrisa el desconcierto,

y tú te reías porque mi traje era negro

y en el juego yo temblaba,

ante la cara de Dios,

junto a la brisa del mar,

testigo inapelable de nuestros primeros besos.

 

¿Sabes?, hoy he ido a verle, estaba tan solo...

que le he visitado, aún dolido por dentro.

¡No sabes cuánto ha cambiado!...

¿Te acuerdas de las gaviotas?

Me han dicho que las arenas dejaron al descubierto

las huellas de unas pisadas,

que viajaron por toda la costa

sobre el mar y tierra adentro

pero... que nunca más nos vieron.

 

Y el tiempo que no tiene hora

sino prisa, como el viento,

no quiso esperar el invierno

y las huellas, nuestras pisadas,

custodiadas por la arena

por cientos,

miles,

millones de granos...

se las llevó tímidamente

la ola Tauro.

La ola de aquella mar, dejándome solitario.

 

¿Te acuerda, querida amiga?

¿Recuerdas nuestro calvario?

¡Pobre gaviota la mía,

símbolo de espacios blancos...

 

Avecilla de pico encorvado,

aquella que surcara los cielos

libres sobre los tejados,

buscando, quizá, el momento

para su vuelo en picado.

 

Hoy, la he visto tan cansada,

tan negra en su vestido blanco, que 

una gota del recuerdo ha venido

a deslizarse sobre mi tez arrugada.

 

¡No sabes cuánto ha cambiado el mar, amiga!

 

Después, con sus alas

acariciaron mi barba,

-también blanca como sus plumas-

y nos fuimos andando...

hundiendo ellas sus patas

y yo mis pies en el charco.

 

En aquel diminuto espacio

donde moraron los pasos

y los golpes de conciencia

y las risas y los lloros

y el frenético deseo, coagulándose en abrazo.

Allí, donde el mar no engendra

como la lluvia con tierra, el barro.

Allí, donde el mar, solo roba 

grano a grano nuestros pasos

...nuestras huellas...

 

¿Qué sabes tú, querida amiga,

gaviota de quince años?

¿Qué sabes tú de la vida,

de la sangre que circula

por las venas de mi suerte?

 

¡Con lo que duele la vida!,

con las vivencias que escuecen.

Con las delicias que sufren demora

y el triste afán, imperdurable,

de saberse enamorado a ojos del mar

sin cuerpos presentes.

 

¿Qué sabes tú, querida amiga?,

¿Qué sabes del inconsciente?,

Del latido que no cesa.

Del dolor del ser cobarde,

queriéndose hacer valiente.

 

¿Qué sabrás tú, que no sepa el agua

del mar o de la fuente?, 

que sabe segundo a segundo

el caudal que ciega su arteria

y que vierte sobre espacios

que el hombre maneja a capricho

girando la llave de paso.

 

¿Qué sabes tú, querida amiga,

del beso después del abrazo?

¡Pobre gaviota, pequeña!...

 

Ya no hay cunas que la acunen, 

ni nubes que surquen sus alas.

Ni mar.

Ni arena.

Ni playa.

Ni amigos.

Ni agua.

Ni nada.