LA CARA DE DIOS

Se manifestó el amor como átomo en descarga,

cual rayo fulminante atraviesa mi pecho

henchido de ilusión,

y estrangula mi noche con sus manos frías

ante el viento, favorable a sus ideas,

que expedita el camino nocturno.

 

Ya pesa sobre mí su manto negro,

y el ocaso se interpone entre los dos

señalándonos con su índice de luz el camino.

 

Al unísono y en perpendicular caída,

un estruendo sonoro ha salpicado el éter

de puntiagudas estrellas,

abriendo paso a la cara de Dios.

 

El eco de su voz

reventó las arterias marinas ante mis ojos

y pude ver cómo el mar vomitaba sus propias entrañas.

 

La radiante aureola que cubría su celeste busto

partió en dos el hemisferio terráqueo,

mientras, diluían su luz, las nieves eternas

que moraban silenciosas sobre las cumbres.

 

Su voz quedó enredada

entre las ondas de un laberinto sin formas,

sentenciando:

¿De qué me sirve la sonrisa, si estampada

en el espejo de tus ojos aún me hiere?

 

Timidamente escondí mi rabia, babuceando:

¿Por qué, cuando llora el mar

su llanto no me entristece?

 

Fue fulminante.

Fue testigo inapelable quien... alertó

tan sólo, mis ojos.