¡QUÉ NO TE DARÍA!

Mar, que surtes al puerto de agua clara

si mi cuerpo darte pudiera...

aletearían con su canto las gaviotas

bañadas por la brisa de tu playa.

 

Perseverante en tu espuma

la sal se retoza,

y trata de ser, eclipse en mi piel,

adhiriéndose a mi ser en forma de gota

¡Fundiéndose al amanecer!

 

¡Qué no te daría, oh mar...

si al morir la noche,

la luz del día 

dijera a mi alma

que eres mía.

 

Blancas-verdosas son tus escamas

¡Planície de nácar!,

¡Densa azucena!,

eres tangible al llegar

y en la playa, tu concha

te hiere en la arena...

de noche y de día, volviéndote al mar.

¡Qué no te daría!,

tacita de plata,

que ruges tan bella armonía

tan cerca del faro...

en la verde bahía.

 

De pronto...te sientes mecer,

y sobre ti, un reflejo lunar

sosegado, se extiende...

¡Haciéndote crecer!

 

Serpenteando sobre tus lomos,

cual ofidio deslizándose

por tus crestas estrelladas,

se pierde el reflejo lunar...

y se esfuma el influjo,

dejando tras de sí

apenas la estela...

de un hechizo a la penumbra...

de un tardío amanecer.

 

¡Qué no te daría, mar,

pudiéndote ver!