VOY A LAS CADENAS DEL HOMBRE

Voy a las cadenas del hombre, tirando de argolla;

sin que el ojo avizor –cristalino-

serpentee ésta vez sobre mis hombros.

 

Puede más el hambre en este caminar absurdo

que la fe;

y mi paso, madre, se cubre de tierra,

ya no te patria. No. Ya no.

 

Olvidando el olvido del dios que hizo a Dios,

quiero ser libre; por ello camino a la tierra

del hombre que labro y riego en sudor.

Quiero ser libre.

Hacerme de nuevo.

¡ De arcilla sino de barro !

Ser:

Discípulo.

Señor.

Maestro y soldado del tiempo.

Ascua encendida y vértebra del incandescente fuego.

Eclipse.

Espiral.

Duna. Sueño; y nunca más mortal

de lo que soy o sigo siendo.

 

Quiero escapar y convocaros

a los que, aun creyéndoos carne,

embadurnáis vuestro cuello con reclamos,

vuestros dedos, vuestras manos…

 

Tierra prometida os ha de dar el salvador

de los instintos.

Aquel, que merodea las conciencias colectivas;

y a su juicio y semejanza…

 

Os confieso

que escapar me esta costando.

Que cada día, una gota de mi sangre

es confiscada; que no puedo, por más que quiera,

ni esperar

que amaneciera, por hacer acopio mi retina

de la luz del astro errante.

 

Errante… como el paso que llevo

hacia el calvario

-sumergido en llanto y en una sed de luz divina –

que me es reclamada

no sé bien si por Dios o por Satán

¡ Y hasta dudo si sea una emboscada !

 

Parto de regreso

a mi interior –habitáculo desmedido-

 

En él,

las paredes blancas me tornan a la aldea del suicidio.

Avanzo un paso más. –Hacia el salón-

La conciencia se me muestra.

No quiero nada.

Me adelanto cinco metros y diviso el paredón.

Allí, me acomodo y reflexiono una vez más.

 

He cedido al tiempo

sesenta pulsaciones

y he perdido –como siempre- juventud.

 

¡Qué ironía, hacerle frente!

 

Sin embargo,

Sé que me llega la alborada

y con ella la desidia,

¡El saberme decidir!

 

Os confieso

que escapar me está costando.

 

El ojo avizor manifiesta su presencia entre las sombras

y mi casa se hace enormemente inmensa.

 

( Un parpadeo de luz

desequilibra mi diestra y la pluma evoca sus primeras erratas

haciéndome prestar más atención a la escritura )

 

Lo hago

y abandono el pensamiento.

Al unísono:

Los hijos de los árboles,

rotos de periódicos, plásticos

y otros varios y vulgares

pasan abrazados al viento

tomando a su albedrío las casas, la calle.

 

Yo desde mi reducto, le siento.

¡Juro que le siento pasar!,

sin embargo,

no puedo verle.

 

… si al menos a Él le viera…

 

¿Dónde irá – me pregunto-

en su alocada y peregrina carrera?

 

A veces,

le oigo enjugar su llanto

sobre el perfil de la mar;

y no sé si será que el viento

-también mendigando-

busca la pared recia

hecha bloque

que le frene el paso en esta ciudad.

 

 

Las manecillas de un reloj

enlaza la noche al alba que llega

y periclita así, mi duda,

en las tinieblas.

 

Mientras…

el ojo avizor continúa su rumbo

y las cadenas -por siempre- en la tierra

abrazadas al hombre

… por si libertad pidiera.