UNA MELODÍA

 

 

Una melodía

en el viernes más santo

de todas las semanas bilbaínas

me entristece, a la vez que me entretiene.

 

La puerta del bar, acristalada y de doble hoja,

roza a las damas la tela de sus faldas.

 

Tras de una de ellas

las suntuosas prendas de un señor...

 

Acontece lo previsible:

 

La cadera de ella en la mano de él

o la mano de él en su cadera.

 

Treinta grados de giro son suficientes

para despertar la retina de su qué ver,

tan monótonamente diario,

y surge, del desarraigado goce del deseo,

el sonoro estallido del impoluto beso.

 

Me resisto a las sensaciones.

 

Quien llama a la puerta del amor,

evidencia su falta de esperanza.

 

Y yo lo que necesito, es

encontrarme a mí mismo,

en tanto... la tarde en mí descansa.