ALLÁ DONDE EL CREPÚSCULO

Allá donde el crepúsculo,

inauguré la noche

con mi última palabra.

Llegó su primer beso.

 

De sus labios, una fina saliva

humedecía la agreste porosidad de mi piel,

haciéndome recordar el suicidio inevitable de aquella

pequeña gota que, colgada de un viejo grifo,

pendía sobre el abismo de un destartalado fregadero.


 

Sus ojos captaron la ausencia, el desinterés

de mi labio enrojecido y torpemente mordisqueado.


 

El abrazo fue innecesario

dadas las circunstancias.


 

El tiempo era un quebradizo espejo

donde reflejábamos nuestras tolerancias.


 

Yo seguía absorto en el color del cielo,

intentando controlar una desbandada

de ensidiosas figuras celestes,

ateridas, ante la hegemónica presencia del astro rey.


 

Sus palabras susurraron un crepitar de intenciones

a mi oido, tan absurdas e imperfectas

como inocuas y perecederas,

y a esa hora, en que la madrugada se muda de sábanas,

tras una borrachera de inmaculadas imágenes

volvimos al coche bajo una fina lluvia.


 

Enmudecida y llena de ira, me mirara

entre abrumada e irascible...

Yo, no le quitaba ojo a la carretera.